El ranking que mide
indisciplina, publicado la semana pasada, brinda la posibilidad de
múltiples análisis, en especial si nos adentramos en sus cruces. Frente a
la infografía que compara indisciplina y conocimiento, el caso de Finlandia es el que más llama la atención: últimos lugares en buen comportamiento y primeros lugares en conocimiento.
Es
cierto que también hay cruces donde se da la supuesta lógica (a más
disciplina, más saber), pero es de la lógica donde casi siempre hay que
desconfiar: pensar es un ejercicio de desarticular obviedades y por eso,
casi como una presencia extraña, casi como un llamado que nos descoloca
de lo uniforme, el caso finlandés nos exige retornar a la pregunta por el sentido mismo de la educación: ¿para qué?
Se puede pensar a la educación como disciplinamiento. En este caso la
relación con el saber seguiría dos líneas complementarias, ya que así
como por un lado se potencia más la disciplina que el conocimiento (la
idea de la escuela como guardería), al mismo tiempo se disciplina al conocimiento
, promoviendo programas de estudios que cuajan en las necesidades
profesionales del sistema vigente. Así, priorizamos el buen
comportamiento sin reflexionar críticamente tanto sobre qué tipo de
saber hay que enseñar, como sobre cuál tiene que ser el comportamiento
de un alumno en el aula: siempre recuerdo a una autoridad escolar que me
clamaba “no importa lo que hagas en el aula, pero que estén sentados” .
Pero el discurso del orden siempre es a todo y nada.
Lo opuesto a la educación como disciplinamiento no es el caos
donde reina la anomia. El relato del caos educativo, -con alumnos
tirándose tizas abstraídos en sus auriculares, mientras unos
desahuciados maestros intentan infructuosamente poner orden- es más bien
una narración que resulta funcional al discurso de la disciplina. Pero la apuesta pasa por otro lado . Volviendo al ejemplo anterior: no se trata de no estar sentados, sino de entender que lo que importa, en realidad, es qué se hace en el aula.
O volviendo al ranking, se trata de salirse de las causalidades unilaterales
, ya que de lo contrario habría que afirmar que ha sido la indisciplina
en las aulas finlandesas, la que posibilitó su éxito en la escala del
conocimiento. Y por ello mismo cabría también sostener irónicamente, su
opuesto: ¿y si fue la excelencia en el conocimiento, la causa de la
indisciplina? Sócrates, maestro que inspiraba al ejercicio de un
pensamiento crítico y libre, daba clases caminando, paseando por Atenas.
¿Cómo lo mediría el ranking? Hay muchas aulas alrededor del mundo
donde algún maestro da clases a chicos de diferentes edades todos juntos
en un espacio medio destruido , donde tienen que sentarse encimados
en tablones rotos y no cuentan obviamente con los útiles
correspondientes, buscando en el docente un abrazo, un poco de cariño,
algo de amor. ¿Cuánto mide esta indisciplina? Se puede pensar a la
educación desde otra perspectiva, repensando su para qué. Se podría
pensar que un aula antes que nada es un encuentro creativo donde
docentes y alumnos buscan conectarse, reinventarse, ejercitar el
cuestionamiento, abrir la pregunta, transformar el mundo. Algo que
ningún ranking puede medir.
Publicado en Clarín el 15 de junio de 2011
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